
Si quieres puedes, pero hay que querer.
¿Es crónico?
Información científica y médica sobre el trastorno límite de la personalidad


¿Es crónico el TLP?
Lo que la ciencia dice (y lo que yo sé por dentro)
El trastorno límite de la personalidad (TLP) se considera un trastorno mental grave de curso crónico.
Eso no quiere decir que no mejore, ni que no se pueda vivir bien. Quiere decir que no es una gripe que se pasa en una semana, sino un patrón de personalidad que tiende a persistir si no se trabaja con él.
Para muchos padres y madres que acaban de recibir el diagnóstico, esa palabra —“crónico”— suena a condena.
A mí también me sonó así la primera vez.
Pero con los años, con terapia, con errores y con algo de suerte, he aprendido que “crónico” no es sinónimo de “incurable”, ni de “no podrás criar a tu hijo”.
Voy a contarlo con la verdad que tengo: la de la ciencia y la de la piel.
¿Qué significa que el TLP sea crónico?
En psiquiatría, “crónico” quiere decir que:
El trastorno empieza en la adolescencia o juventud.
Tiene un curso prolongado, con síntomas que pueden subir y bajar, pero que no desaparecen solos.
Afecta al núcleo de cómo una persona siente, se relaciona y se regula emocionalmente.
Desde ese punto de vista, el TLP es crónico: no se “cura” como una infección, sino que requiere un trabajo psicoterapéutico continuado para cambiar patrones muy arraigados.
Pero, y esto es clave, “crónico” no significa “estático”.
Significa que el trastorno está ahí, pero que su intensidad, su impacto y su forma de manifestarse pueden cambiar mucho con el tiempo y con el tratamiento.
¿Cómo evoluciona el TLP a largo plazo?
La buena noticia, la que a mí me cambió la vida, es que el pronóstico del TLP es mucho más favorable de lo que se creía hace años.
Estudios que siguen a personas con TLP durante 5, 10 o más años muestran que:
Entre el 50 % y el 70 % de las personas con TLP alcanzan una remisión clínica: ya no cumplen criterios diagnósticos.
Los síntomas graves (crisis emocionales, autolesiones, impulsividad extrema, ideación suicida) disminuyen significativamente con el tiempo.
La recuperación funcional (trabajo, estudios, relaciones estables) suele ser más lenta y parcial, pero es posible con apoyo adecuado.
En la práctica, eso se traduce en que muchas personas con TLP:
Dejan de tener crisis que las dejan en el suelo.
Aprenden a regular mejor las emociones.
Construyen relaciones más estables.
Pueden tener una vida que, aunque no sea perfecta, sí es digna, estable y profundamente humana.
¿Qué factores influyen en la evolución?
La evolución del TLP no depende solo del diagnóstico, sino de varios factores que sí podemos influir:
Tratamiento psicoterapéutico: las terapias especializadas (como la terapia dialéctico‑conductual, TDC, o la terapia de esquemas) se asocian a una mayor probabilidad de remisión y mejor funcionamiento.
Comorbilidad: la presencia de otros trastornos (trastornos del estado de ánimo, ansiedad, abuso de sustancias) empeora el pronóstico y dificulta la remisión.
Factores protectores: tener un entorno familiar y social estable, acceso a tratamiento continuado, y una buena relación terapéutica mejoran mucho la evolución.
En mi caso, lo que más ha marcado la diferencia ha sido:
Tener un terapeuta que no me juzgaba, pero tampoco me tapaba.
Aprender a poner límites, en las relaciones y en el trabajo.
No abandonar, aunque haya habido momentos en los que me he ido, en los que he dicho “ya no puedo más” y he tenido que volver a empezar desde cero.
¿Se “cura” el TLP?
En la práctica clínica y en la evidencia científica, se habla más de “remisión” que de “cura”:
Remisión sintomática: muchas personas dejan de tener crisis graves, autolesiones, impulsividad extrema o ideación suicida, y logran una vida relativamente estable.
Persistencia de rasgos: aunque los síntomas graves remitan, muchos pacientes mantienen ciertos rasgos de personalidad (inestabilidad emocional, miedo al abandono, dificultad para tolerar la soledad) que pueden reaparecer en momentos de estrés.
Por eso, el objetivo del tratamiento no es “eliminar” la personalidad, sino:
Reducir el sufrimiento y el riesgo vital.
Mejorar la regulación emocional y las relaciones.
Aumentar la autonomía y la calidad de vida.
¿Y la paternidad? ¿Puedo criar a mi hijo con TLP?
Esta es la pregunta que más duele, la que más miedo da: “¿Puedo ser un padre/madre sano con esto?”
La respuesta honesta es: sí, se puede, pero no es fácil, y no es igual para todos.
El TLP afecta a cómo sientes, a cómo te relacionas y a cómo regulas las emociones. Eso tiene un impacto en la crianza, como cualquier otro trastorno de salud y por ende, de salud mental, crónico o no.
Pero no es una sentencia. Es un dato de partida.
En mi caso, ser padre con TLP no ha sido un camino recto. Ha habido momentos de intensidad, de inestabilidad, de reacciones que no he sabido gestionar en el momento. Y también ha habido momentos de mucha calma, de conexión, de ternura y de aprendizaje compartido.
Lo que sí sé es que:
El TLP no define quién soy como padre, pero sí influye en cómo vivo la paternidad.
Tengo herramientas que antes no tenía, y eso me permite parar, respirar, pedir ayuda y no repetir patrones que sé que no me sirven.
No soy un padre perfecto, pero sí soy un padre que se esfuerza, que se mira, que se corrige y que quiere lo mejor para su hijo.
Y para Lobo, soy el mejor padre del mundo.
¿Qué significa tener TLP y ser padre?
Tener TLP y ser padre no es ni una tragedia ni un milagro. Es una realidad compleja, con luces y sombras, como tantas otras formas de ser familia.
Algunas cosas que el TLP puede traer a la crianza:
Una sensibilidad emocional muy intensa.
Dificultad para tolerar la soledad o el rechazo, lo que puede hacer que necesite mucha cercanía o, al revés, que me cierre cuando me siento abrumado.
Impulsividad en momentos de estrés, que puede traducirse en reacciones bruscas.
Pero también hay cosas que el TLP no quita:
El amor incondicional por tu hijo.
La capacidad de aprender, de cambiar y de poner límites.
La posibilidad de crear un entorno estable, aunque tú no te sientas así por dentro.
¿Y Lobo? ¿Qué significa esto para él?
Lobo no es un niño dañado por mi TLP. Es un niño que vive con un padre que tiene un trastorno crónico, como otro podría vivir con un padre con depresión, ansiedad o cualquier otra condición de salud mental.
Lo que él ve no es solo el TLP. Ve a un padre que:
Se esfuerza por estar presente.
Aprende a reconocer cuándo está en crisis y se retira para no explotar.
Pone límites claros, aunque a veces le cueste.
Se disculpa cuando se equivoca, porque sabe que los errores no lo invalidan como padre.
Y también ve a un padre que hace muchas fiestas de pijamas en casa, que organiza tardes de juegos, que acoge a los amigos de Lobo como si fueran suyos, y que se convierte en un referente de confianza para otros padres.
Ve al padre que va a las reuniones del colegio, a las tutorías, a las urgencias, a los médicos, a sus entrenamientos de los martes y los jueves y a los partidos de los sábados, al Wanda a los partidos del Atleti.
Al que hace los deberes con él, al que le calma cuando le dan los ataques de nervios, al que le cura las heridas (físicas y emocionales), al que le hace los menús que a él le gustan, los mejores colacaos del mundo (que saben como los de los bares), al que todas las noches le canta la canción del lobito bueno y cada mañana le escribe una nota para su almuerzo del cole.
Al que escucha sus preocupaciones y sus alegrías.
A su referente principal en la vida.
Este verano, un amigo de Lobo estuvo prácticamente todos los días en casa.
La tarde del 23 de diciembre hasta el 24 a las 15:00, estuvo aquí con nosotros Santi, un compañero de clase de Lobo.
Su madre me confesó la noche del 23 que, con 9 años, “jamás” le habían dejado irse a dormir a casa de nadie.
La sensación de satisfacción dentro de mí fue inmensa… lloro de recordarlo.
Santi le dijo a Lobo antes de irse que, para él, nosotros somos “únicos”, y que espera seguir siendo amigo suyo toda la vida.
Hace tres años y medio, cuando me diagnosticaron el TLP, cuando aún temblaba porque llevaba un par de meses sin beber, jamás podría haber pensado estar donde estoy hoy.
Empiezo a creerme lo que me dice Lobo, eso de que soy el mejor padre del mundo.
¿Qué puedo hacer si acabo de recibir el diagnóstico?
Si acabas de recibir el diagnóstico de TLP y estás pensando en cómo afecta a tu paternidad, aquí van algunas cosas que, desde mi experiencia, pueden ayudarte:
No te quedes solo/a
Busca un terapeuta especializado en TLP, no solo un psicólogo generalista.
Si no encuentras uno en tu zona, busca grupos de apoyo online, foros, asociaciones.
No tienes que cargar con esto tú solo/a.Aprende sobre el TLP, pero sin obsesionarte
Lee guías clínicas, artículos científicos, pero no te pases el día buscando “qué significa esto para mí”.
El TLP no es solo un diagnóstico, es tu historia, tu cuerpo, tu forma de sentir.Pon límites claros, también contigo mismo/a
Aprende a reconocer cuándo estás en crisis, cuándo necesitas parar, cuándo necesitas ayuda.
No tienes que ser fuerte todo el tiempo.
Puedes ser frágil y, aun así, ser un buen padre/madre.Cuida tu entorno
Si tu pareja, tu familia o tu entorno están muy dañados, busca ayuda para ellos también.
No puedes arreglarlo todo tú solo/a, pero sí puedes crear un entorno más estable para tu hijo.No te definas solo por el diagnóstico
Tienes TLP, pero no eres solo TLP.
Eres también un padre/madre, un compañero, un trabajador, una persona que se esfuerza, que se equivoca y que sigue adelante.
Fuentes y referencias
Este contenido se basa en fuentes oficiales y científicas reconocidas: