
El despertar
Cuando dejas de huir y comienzas a sanar desde el alma
Me detuve porque ya no podía sostenerme.
Y en esa caída silenciosa entendí que ahí empezaba mi camino.
✨ El despertar
Hubo un momento en el que dejé de huir y empecé a mirarme de frente.
No fue una epifanía bonita ni un rayo divino. Fue cansancio.
Cansancio del cuerpo, de la mente, de años de sostener una vida que por fuera parecía estable y por dentro se desmoronaba. Ese cansancio solo llega cuando ya no queda nada más que romper.
Hasta entonces vivía a base de velocidad: trabajar, cumplir, tapar emociones, seguir adelante sin detenerme.
Una carrera sin pausa para no escuchar lo que llevaba dentro desde adolescente.
Lo escondía bajo ruido, prisas, responsabilidades y relaciones que no sabía sostener porque no sabía sostenerme ni a mí mismo.
Cuando por fin me quedé a solas conmigo, apareció ese ruido emocional que llevaba toda la vida arrastrando.
Y entendí algo que había estado ahí desde siempre, esperando a que yo lo mirara de verdad: aquello tenía un nombre.
Y una explicación.
🌿 El diagnóstico no fue un golpe, fue un espejo
Un espejo que ordenaba toda mi vida y decía:
“No estabas roto. Estabas herido.”
Mis emociones extremas.
Mi vacío.
Mi miedo a que me dejaran.
Mi impulsividad.
Mis hundimientos repentinos.
Mis subidas sin sentido.
Mis relaciones imposibles.
Mis huidas internas.
Todo encajaba, por fin.
No como un fallo de carácter, sino como un trastorno que llevaba ahí desde la adolescencia.
Y cuando por fin lo supe, sentí algo doble: alivio y vértigo.
Alivio por entenderme.
Vértigo por pensar:
“¿Y ahora qué? ¿Cómo sigo? ¿Cómo gestiono esto mientras cuido de Lobo?”
✨ No estaba solo
El primer sitio al que fui fue a hablar con Lorena, la enfermera de salud mental.
Fui desmontado emocionalmente, casi sin poder hablar.
Ella me dijo algo que nunca olvidaré:
Que llevaba mucho tiempo trabajando en mi bienestar emocional.
Que mis avances eran reales y sólidos.
Que no era un peligro para mi hijo, sino precisamente lo contrario.
Que mi forma de cuidarlo, protegerlo y estar presente demostraba que llevaba años luchando en silencio.
Que el TLP no era una condena, sino una explicación… y una oportunidad.
Ahí empezó el despertar de verdad.
No con el diagnóstico.
Con la reconstrucción.
🌱 El camino hacia dentro
Fue terapia semanal sin fallar.
Fue psiquiatría ajustando mi tratamiento emocional.
Fueron sesiones en grupo, sosteniendo y dejándome sostener.
Fueron libros, estudios, horas intentando entenderme desde cero.
Fue aprender a respirar cuando la ansiedad me cerraba el pecho.
Fue aprender a parar cuando el impulso amenazaba con arrasar mis certezas.
Fue aprender a querer sin huir y a mirarme sin romperme.
El despertar también implicó volver atrás:
mi infancia, mis vínculos, las formas de querer que repetí sin saber por qué.
Y sí, dolió.
Pero doler no es fracasar:
doler significa que por fin estás tocando lo que siempre evitaste.
💛 Y en medio de todo, Lobo
Mientras yo renacía, él crecía.
Y yo sabía que necesitaba un padre presente, firme, estable.
No perfecto.
No impecable.
No de manual.
Un padre real.
Un padre que está.
Un padre que no desaparece.
Un padre que no repite historias antiguas.
Un padre que se cae y se levanta.
Que lucha aunque tiemble.
Que no se rinde porque sabe que hay unos ojos aprendiendo de cada movimiento.
☀️ El despertar fue eso
Aceptar ayuda sin vergüenza.
Rendir el orgullo.
Comprender que no podía solo.
Y descubrir que lo que me pasaba tenía nombre, tratamiento y herramientas.
Que no era un monstruo.
Que no estaba condenado.
Que podía vivir.
Y que Lobo merecía el ejemplo de alguien que decide reconstruirse.
Hoy sé que el despertar no es un día.
Es un camino.
Una forma nueva y honesta de avanzar.
Una vida no perfecta, no fácil… pero mía.
Una vida que quiero vivir,
y que mi hijo merece heredar.


