

SER PADRE Y TENER TRASTORNO LIMITE DE LA PERSONALIDAD
Ser padre con TLP no es un título ni un diagnóstico, es despertarte cada día sabiendo que llevas dentro un sistema emocional delicado, sensible, fácil de desajustar. Yo no educo desde una meseta tranquila; lo hago desde un terreno lleno de pendientes, curvas y cambios bruscos. Mis emociones son rápidas, intensas, a veces caóticas, y aun así tengo a un niño delante que me mira como su referencia principal. Esa mirada es lo que más me coloca en mi sitio, incluso cuando por dentro todo va a mil. Es él quien me obliga a frenar, a revisar cómo estoy, a elegir una respuesta distinta a la que me saldría por impulso.
Para mí, la impulsividad y el TLP se parecen a vivir con un termostato roto dentro del cuerpo. Hay días en los que responde, se ajusta, y puedo ir modulando lo que siento: noto que algo se activa, respiro, bajo una marcha, elijo palabras que no hieran. Pero hay otros momentos en los que todo se dispara sin previo aviso: el cuerpo se tensa, la mente se acelera, cualquier detalle se vive como una amenaza. Es un instante muy pequeño, casi invisible desde fuera, en el que puedo irme hacia la explosión o hacia la pausa. Ese segundo es el que me he pasado años entrenando, porque sé que de él depende que mi hijo viva conmigo un hogar seguro o un campo de minas.
Ser padre con TLP, para mí, es vivir muy atento a cómo estoy por dentro sin convertir esa atención en una cárcel. Es ir notando señales: cuándo empiezo a hablar más rápido, cuándo me cambia el tono, cuándo una frustración se convierte en rabia, cuándo el cansancio se pega al cuerpo y hace que todo me siente peor. Antes de ser padre yo dejaba que ese estado interno mandara y arrasara con lo que hubiera alrededor. Ahora no puedo permitirme eso. Ahora hay un niño que confía en mí, y esa confianza me obliga a tomarme en serio lo que siento, a cuidar mi estado emocional como si fuera una responsabilidad diaria, no un capricho.
No ha sido un aprendizaje romántico ni bonito. Me ha llevado años entender de dónde venía cada desajuste. He tenido que distinguir qué parte de mi descontrol era ansiedad, qué parte era agotamiento, qué parte era TLP y qué parte eran golpes antiguos que nunca supe elaborar. Ahí entran las horas y horas de trabajo: más de ciento cincuenta sesiones de psicología individual poniendo nombre a heridas viejas, más de ciento cincuenta citas con psiquiatría buscando un equilibrio químico que no me apagara pero tampoco me dejara al borde, casi cien terapias de grupo en el centro de salud descubriendo que no era el único que vivía así, ARVIL para aprender a vivir sin alcohol desde el minuto uno, el CRL diciéndome verdades que dolían pero me mantenían despierto. Todo eso, en el fondo, ha sido aprender a entenderme lo suficiente como para no volcar mi caos sobre mi hijo.
Hay algo más que forma parte de este cuadro: el rumiar constante, ese bucle de pensamientos que no se detienen. No es simplemente “ser pesimista”; es tener una cabeza que se engancha en escenas, conversaciones imaginadas, finales catastróficos. Es anticipar que todo acabará mal, que te van a dejar, que vas a fallar, que la vida va a girarse en tu contra, incluso cuando por fuera el día es normal. Y mientras por dentro una parte de ti está ensayando desgracias, por fuera sigues haciendo la cena, preguntando por los deberes, acompañando a tu hijo al parque. Vives con dos bandas sonoras a la vez: la de la vida real y la de la película mental que no se detiene.
Con el TLP, esos pensamientos se sienten como hechos, no como hipótesis. El cuerpo reacciona como si el desastre ya hubiera ocurrido: se encoge el pecho, se acelera el pulso, aparece una especie de nudo que lo tiñe todo. Y aun así, ahí está Lobo. Y ahí tengo que decidir qué hago con ese ruido: si lo convierto en mal humor, en distancia fría, en explosiones injustas, o si lo reconozco como algo mío y busco la manera de que no lo salpique. Muchas veces el trabajo es tan simple y tan complejo como decirme: “esto es tu cabeza imaginando finales horribles, no lo que está pasando ahora mismo en el salón con tu hijo”.
De todo ese proceso he sacado una certeza: ser padre con TLP es duro, pero no significa estar condenado a repetir daño. Significa que tengo que trabajar el doble mi mundo interno para poder ofrecerle algo mínimamente estable al suyo. Que tengo que aprender a poner límites no solo hacia fuera, sino hacia dentro: frenar una reacción, callar una frase que haría daño, pedir tiempo, retirarme a otra habitación antes de explotar, pedir perdón cuando meto la pata. No es una paternidad de postal, es una paternidad consciente de sus grietas.
También he descubierto algo que nunca me dijeron: se puede estar roto y aun así ser refugio. Puedo llegar a la noche cansado, triste, con la cabeza enredada, y aun así sentarme a escucharle, jugar un rato, preguntarle cómo está. Puedo seguir siendo su lugar seguro aunque yo mismo tenga días en los que me siento perdido. Eso no quita el esfuerzo ni el dolor, pero da sentido a todo lo que estoy haciendo. Porque, al final, lo que Lobo necesita no es un padre perfecto, sino un padre que se responsabiliza de lo suyo y le quiere de forma estable.
Cuando lo miro, cuando me busca con la mirada para comprobar si todo está bien, entiendo que todo este camino —las terapias, los ingresos, las recaídas, las veces que pensé que no podía más— tienen una razón concreta: poder estar a la altura de esa confianza. Mi TLP hará ruido toda la vida, mi impulsividad seguirá intentando colarse por cualquier rendija, pero mi compromiso con él es claro: que ese ruido y esa impulsividad sean asunto mío, no suyo. Que su infancia no sea el campo de batalla donde yo libere mis guerras.
Y aunque haya días en los que mi mundo interno parezca un cuarto lleno de cables sueltos, sigo levantándome cada mañana con la misma decisión: ordenar lo suficiente por dentro para que él pueda vivir por fuera con algo de calma. Porque él merece un hogar donde pueda respirar, incluso cuando yo estoy aprendiendo a respirar todavía. Y eso, aunque duela y canse, es lo que me mantiene en pie y avanzando.


La confianza de un hijo
La confianza de un hijo como Lobo no se construye en un día, ni en un gesto heroico, sino en cientos de pequeños momentos donde comprueba que soy el mismo hombre por dentro y por fuera. Que lo que digo y lo que hago encajan. Que si le prometo que voy a estar, estoy. Que si me equivoco, se lo digo. Que si algo me supera, lo nombro. Esa coherencia, tan difícil cuando llevas un TLP dentro, es precisamente lo que sostiene la confianza que él tiene en mí.
Lobo sabe que puede acercarse a mí con cualquier emoción: enfado, miedo, vergüenza, alegría desbordada. No le pido que se contenga “por mí”, no le castigo por sentir demasiado, no le comparo con nadie. Le enseño, desde lo que soy, que sentir no es peligroso, que las emociones no son enemigas y que no tiene que hacerse pequeño para encajar en mi estado mental. Sabe que si viene roto, no le voy a romper más; voy a intentar recogerle, incluso si estoy temblando por dentro.
En su día a día, eso se traduce en cosas muy concretas. Sabe que si me ve raro, puedo decirle: “Hoy estoy más nervioso, necesito ir más despacio, pero esto no es culpa tuya”. Sabe que si hay una crisis, no va a ser un huracán que se lo lleve por delante, sino algo que yo mismo intento sujetar. Y que luego, cuando se calma, hablamos. No se queda solo con el ruido: tiene también la explicación, el contexto, la certeza de que yo me hago cargo de lo mío. Eso para un niño lo es todo.
A día de hoy, soy su único referente realmente seguro. El único adulto en el que siente que puede descansar sin estar de guardia, sin medir cada palabra, sin miedo a que una reacción imprevisible lo estalle todo. Conmigo puede ser niño. Puede equivocarse, enfadarse, protestar, ponerse triste, hacer preguntas difíciles. Y sabe que yo voy a seguir ahí, aunque esté cansado, aunque tenga un mal día, aunque el termostato interno se me ponga al rojo. Su confianza plena nace de ver, una y otra vez, que mi amor no depende de cómo se porte, ni de si yo estoy bien o estoy hecho polvo.
Esa confianza de Lobo es el espejo más honesto que tengo. Cuando me mira buscando seguridad, entiendo que todo el trabajo que he hecho —terapia, psiquiatría, grupos, desintoxicación, aprendizaje a hostias— no era solo para salvarme a mí, sino también para poder ser ese lugar seguro para él. Que alguien como él, con la sensibilidad y la inteligencia que tiene, pueda decir con su manera de estar que se siente a salvo conmigo, es la prueba de que algo muy profundo está bien hecho, incluso en medio de todo el caos que todavía llevo dentro.
Aviso importante
La información de esta web es de carácter divulgativo y se basa en mi experiencia personal y en recursos de referencia. No sustituye en ningún caso la evaluación ni el tratamiento de profesionales de la salud mental (psicología, psiquiatría, medicina).
Esta página trata temas sensibles relacionados con salud mental, trauma, adicciones y experiencias personales intensas. Su contenido no está dirigido a menores de 18 años y puede resultar impactante o desencadenante para algunas personas.
Si te encuentras en una situación de urgencia o crisis emocional, contacta de inmediato con los servicios de emergencia de tu zona. En España, el número es 112.
Si necesitas orientarte o compartir cómo estás viviendo el TLP y crees que este espacio puede ayudarte, puedes escribirme a:
📧 ayuda@vivircontlp.com


