Mi historia
Una vida de huidas, supervivencia y reconstrucción
Antes del diagnóstico:
35 años sin saber volver a casa
🍺 Infancia entre bares
Pasé buena parte de mi infancia sentado en taburetes, esperando a que mis padres terminaran lo que fuera que estuvieran haciendo. Era un mundo de humo, voces altas, ruido y adultos que dejaban de ser adultos.
Para cualquier niño, un lugar impropio.
Para mí, la rutina.
Mientras otros niños jugaban, yo aprendí a esperar.
A no molestar.
A adaptarme al estado de ánimo con el que mis padres salieran del bar.
Aprendí a leer el ambiente como quien aprende a sobrevivir en territorio inestable.
No sabía explicarlo, pero entendía que no estaba a salvo.
Ese tipo de infancia deja huellas profundas y silenciosas, que moldean la forma de sentir mucho antes de que uno pueda ponerle nombre.
💔 El amor que se retiraba cuando más lo necesitaba
En casa, el afecto era intermitente.
Podía estar… pero también podía desaparecer.
Había cariño, sí, pero condicionado a que yo no doliera, no pidiera, no necesitara.
Crecí aprendiendo que la estabilidad dependía del humor del día.
Que la seguridad nunca estaba garantizada.
Que si mostraba fragilidad, no habría nadie para sostenerla.
Ese modelo se me quedó grabado:
me enseñó a amar a medias, a protegerme demasiado, a huir cuando algo se volvía intenso.
No por falta de corazón, sino por miedo al abandono.
🏃♂️ Adolescencia y juventud: la larga huida
Durante buena parte de mi vida adulta viví intentando escapar de mí mismo.
Me refugiaba en lo que fuera que me evitara sentir a pleno volumen.
Me llenaba de ruido, movimiento, distracciones y cambios constantes.
Viajé, cambié de país, de idioma, de trabajos, de gente…
pero yo era siempre el mismo.
Movimiento sin dirección.
Una huida que solo cambiaba de escenario.
Nunca lograba quedarme.
Nunca permitía que nadie me viera de verdad.
Siempre desaparecía antes de sentirme expuesto.
Era la única manera que conocía de no repetir el abandono aprendido.
🕳️ La autodestrucción silenciosa
Durante años viví con una sensación constante de desgaste interno.
No sabía ponerle nombre: era vacío, inestabilidad y falta de herramientas.
Mi mente buscaba salidas que no lo eran.
Caminos que parecían descanso pero solo eran oscuridad.
Con el diagnóstico de Trastorno Límite de la Personalidad entendí algo crucial:
no era un fallo moral, ni debilidad, ni mala voluntad.
Era un síntoma.
Una consecuencia directa de una infancia inestable y un sistema emocional saturado.
Ahí empezó el trabajo profundo:
🫂 aprender a pedir ayuda,
🧩 crear una red de seguridad,
🗣️ poner palabras a lo que antes era solo confusión,
💛 y empezar a creer que mi vida valía más de lo que yo sentía.
⚠️ La falta de miedo a caer
Durante mucho tiempo viví sin miedo a los bordes.
No por valentía, sino por supervivencia prolongada.
Cuando creces sin raíces seguras, la caída deja de asustar.
No era calma.
Era agotamiento.
Era desconexión.
Era el eco de un niño que nunca se sintió protegido.
🛑 El fondo real: vivir o desaparecer en uno mismo
Llegó un momento en que me encontré frente a una frontera real.
Un cruce de caminos:
seguir apagándome o empezar a vivir de verdad.
Elegí vivir.
Y ahí comenzó mi recuperación.
🐺 Mi hijo Lobo: romper la historia que me seguía desde niño
Cuando llegó Lobo, todo dio un giro silencioso pero definitivo.
Él necesitaba lo que yo nunca tuve:
❤️ un amor que no desaparece,
🌙 una presencia estable,
🧍♂️ un adulto que se queda incluso en los días malos.
Por primera vez entendí que él solo me tenía a mí emocionalmente.
Que yo debía quedarme incluso roto.
Que mis patrones no podían caerle encima.
No podía amarlo a medias.
No podía repetir la historia.
No podía desaparecer.
No podía huir.
Y no lo hice.
Lobo necesitaba un amor incondicional y firme.
Y yo decidí dárselo incluso antes de saber dármelo a mí mismo.
🌅 Lo que cambió para siempre
Con él aprendí algo que nunca me enseñaron:
que amar de verdad no es no caerse,
es no desaparecer.
Es quedarse.
Es sostener.
Es romper patrones tatuados en la piel.
Es elegir la vida una y otra vez, incluso cuando duele.
Lobo fue y es mi punto de giro.
Mi motor.
La razón por la que dejé de huir y empecé a reconstruirme.
La prueba de que una historia llena de dolor puede romperse y reescribirse.
Por él elegí vivir.
Por él sigo aquí.
Y por él lucho cada día.




